“NOSTALGIA DE LA LUZ” (2010): Pasado cósmico, humano y nacional

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Cartel promocional de la película

El chileno Patricio Guzmán es conocido desde los años setenta por su cine histórico-político, que enfrenta a sus compatriotas con el hecho más traumático del pasado del país: el derrocamiento del presidente socialista y marxista Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973, en un golpe de estado encabezado por el general Augusto Pinochet, y la subsiguiente dictadura militar que gobernó el país con mano de hierro durante diecisiete años. La batalla de Chile, filmada durante el golpe de estado y en los momentos inmediatamente anteriores a este, y montada por Guzmán durante su exilio cubano, en una situación de precariedad extrema, está considerada una de las mejores películas documentales sobre política jamás realizadas. Casi treinta años después, Guzmán estrena otra película que reflexiona asimismo sobre la historia del país, pero esta vez no se limita al plano nacional chileno, sino que lo integra en la historia de la especie humana y en la del universo. O, mejor dicho, sitúa la significación del sufrimiento humano en la escala universal. Con esta perspectiva trascendente, le confiere una dimensión filosófica, metafísica, cósmica, que hace de Nostalgia de la luz una de las grandes películas documentales no solo de los últimos años, sino de la historia.

El chileno Patricio Guzmán es conocido desde los años setenta por su cine histórico-político.

La zona más árida de la Tierra es el gran desierto de Atacama, situado en la parte septentrional de Chile, en el lado de sotavento de la sierra costera, a más de 3000 metros por encima del nivel del mar. El aislamiento, la altitud y la sequedad extrema hacen que el aire sea más transparente que en cualquier otro lugar del planeta, y, en consecuencia, que el cielo observable sea también el más completo y profundo. Por eso la comunidad internacional de astronomía empezó a instalar allí telescopios y observatorios desde principios de los años setenta, y hoy en día todavía se siguen construyendo otros dispositivos de alta precisión: un conjunto de antenas que, cuando se haya completado, captará sonidos procedentes de lugares que no son visibles desde la Tierra, sonidos que expresan la energía primordial del universo, la que se liberó en aquel inconcebible primer instante creador (según la teoría del Big Bang). Muchos astrónomos dedican su vida a la exploración del universo desde Atacama, desde donde observan la evolución de las galaxias y otros misterios del firmamento. Guzmán muestra imágenes hermosísimas y vertiginosas del cielo nocturno visto desde el desierto, las formas geométricas y dinámicas que adquieren las galaxias, la serenidad eterna de las constelaciones, los volúmenes coloridos de las nebulosas. Un joven astrónomo (Gaspar Galaz), dotado para la reflexión filosófica, habla ante la cámara sobre su actividad. Nos cuenta que básicamente consiste en estudiar el pasado, puesto que todo ocurre en el pasado: la luz de la Luna tarda un segundo en llegar a la Tierra, la del Sol, ocho minutos, la de otras estrellas miles y millones de años, de modo que muchas que vemos en un momento concreto desde nuestro planeta en realidad ya se han extinguido; la luz que percibimos aquí es el pasado de la estrella. Mirar al cielo, nos dice Galaz, es observar el pasado, no el presente, del universo: aunque creamos ver lo que existe ahora, lo que vemos es lo que existió antes. Así, la tarea del astrónomo se asemeja a la del arqueólogo: siempre estudia el pasado, intenta entender cómo se desarrolló el conjunto de las galaxias. La luz que llega a él le da información sobre este pasado.

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El observatorio desde el que se escrutan las galaxias.

En el desierto de Atacama se lleva a cabo otro tipo de indagación del pasado: la de los paleoantropólogos que estudian a los habitantes precolombinos que atravesaban esta extensión en el transcurso de sus rutas comerciales. Se han encontrado cuerpos enterrados con los objetos que les acompañarían en su tránsito al más allá, y dibujos grabados en la roca, y restos que dejan entrever sus creencias religiosas, su forma de entender la vida y la muerte, de contemplar el cielo. La sequedad extrema del desierto ha preservado, de forma excepcional, el testimonio de estos humanos precolombinos y sus restos milenarios. Los americanos nativos constituyen un segundo estrato de misterio en Atacama, uno que pertenece exclusivamente a nuestra especie. Es de pequeña escala en el orden universal, pero de largo alcance para nuestra escala humana.

Y aún existe un tercer estrato, más cercano: el de la historia reciente de los chilenos. Ya no, como explica uno de los paleoantropólogos, lo que sucedió en el siglo XIX, cuando muchos chilenos nativos fueron víctimas de la avidez económica de forasteros recién llegados, que los sometieron a la esclavitud para obtener minerales y otras riquezas naturales de la zona. El misterio atañe al pasado más inmediato, al período de la dictadura militar de Pinochet (1973-1990). Fue en Atacama donde se instaló el campo de concentración de Chacabuco, unas instalaciones mineras reconvertidas en prisión para disidentes y opositores al régimen. Y fue en Atacama donde se torturó y se asesinó a miles de chilenos, muchos de los cuales fueron abandonados en el mismo desierto, en fosas comunes, y muchos otros fueron arrojados al mar. Las atrocidades que sucedieron en Chacabuco y Atacama son un misterio, pero, a diferencia de los dos misterios anteriores, no lo son a causa de la lejanía temporal o la inescrutabilidad de los fenómenos: son un misterio porque los que podrían explicarlo y aclararlo se niegan a revelar los hechos.

Las mujeres de Atacama, con su insistencia en la búsqueda de los restos de sus esposos o hermanos, se niegan a dar por bueno lo sucedido en el país.

Muchas personas, sobre todo mujeres mayores, buscan desde hace dos décadas, en la inmensidad del desierto, los restos de seres queridos. Buscan los huesos; quieren completar los esqueletos. Llevan pequeñas palas para excavar la tierra, para apartar rocas. Lo que les queda de vida es tiempo para seguir buscando esos restos, en una sorda y persistente lucha contra el olvido. Son personas molestas: como dice una de ellas, Violeta Barrios, son la lepra de Chile. Casi todo el mundo quiere olvidar lo sucedido, pasar página y seguir adelante. Las mujeres de Atacama, con su insistencia en la búsqueda de los restos de sus esposos o hermanos, se niegan a dar por bueno lo sucedido en el país; gracias a ellas, los asesinatos siguen siendo presente y no historia, impiden que los muertos y los crímenes se suman en el pozo del tiempo pasado, como querrían tantos que estuvieron implicados en ellos o que son descendientes de los verdugos o que, simplemente, prefieren evitar las complicaciones. La entrevista a Violeta Barrios es estremecedora. Esta mujer de setenta años, delgada, determinada, explica que solo desea tener tiempo para encontrar lo que quede de su muerto: cuando lo encuentre, podrá morir en paz. Mientras tanto, seguirá apartando piedras entre el polvo del desierto, en busca de fragmentos de los restos que le permitan recomponer tanto como sea posible.

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Mujeres que buscan restos de seres queridos entre la arena del desierto.
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En plena operación de búsqueda.

Miguel, un anciano superviviente de cinco campos de concentración chilenos, memorizó minuciosamente los espacios de cada recinto de los campos: cada barracón, cada patio y cada pasillo. Medía las dimensiones en pasos, dibujaba una y otra vez, todos los días, los planos y a continuación los hacía pedazos y los tiraba a las letrinas para que los guardias no los encontraran. Cuando finalmente recuperó la libertad, pudo cartografiar con precisión aquellos campos que los militares habían desmantelado para eliminar las pruebas de sus atrocidades. Guzmán explica que Miguel y su mujer representan para él una metáfora de Chile: él quiere mantener viva la memoria de los campos para que no se pierdan en el pasado y en el olvido; ella está perdiendo los recuerdos a causa de la enfermedad del Alzheimer.

Una de las mujeres que buscan restos en Atacama, Victoria, encontró el pie de su esposo: reconoció su zapato. También le dijeron que habían encontrado la mandíbula. Ella prosigue la búsqueda porque quiere reconstruir todo lo que pueda a partir de los fragmentos dispersos. Un cráneo que probablemente sea el de su marido tiene un agujero de entrada de bala en la parte posterior y otro de salida en la parte delantera. En la frente se aprecia la perforación de otro tiro, posiblemente el de gracia. Los huesos de muchos desaparecidos no identificados están guardados en cajas de cartón y almacenados en depósitos, sin que las autoridades sepan qué hacer con ellos.

Un antiguo prisionero evoca a sus compañeros de cautiverio. Explica que uno de ellos, médico pero con conocimientos de astronomía, enseñó a un grupo de veinte prisioneros a mirar el cielo, a identificar y nombrar las constelaciones. Los guardias les impidieron seguir con las observaciones porque creían que estaban planeando una fuga guiándose con los astros.

La indagación del origen del universo y de la historia de Chile terminan fusionándose en Nostalgia de la luz, responden a una misma necesidad de conocimiento. Hay grandes diferencias, por supuesto. Como nos explica Galaz, los astrónomos se van a dormir tranquilos al final de su jornada cotidiana de observación, mientras que los que buscan a sus muertos no podrán alcanzar la serenidad hasta que concluyan esa búsqueda. La indagación cósmica obedece a un deseo innato de conocer; la búsqueda de las mujeres de Atacama es fruto de la tragedia, de la obsesión, del insomnio. Todos vivimos en el pasado, como ha explicado Galaz: el simple registro en la conciencia de cualquier realidad percibida con los sentidos ya tiene una mínima fracción de retraso, ya es pasado. Pero el pasado del astrónomo es sereno y aceptado. El pasado de los que han sobrevivido a sus muertos es trágico y se resiste a ser aceptado como pasado: reconocerlo como tal equivale a dar definitivamente por muertos a los desaparecidos.

El pasado de los que han sobrevivido a sus muertos es trágico y se resiste a ser aceptado como pasado: reconocerlo como tal equivale a dar definitivamente por muertos a los desaparecidos.

Astronomía y ausencia terminan fusionándose en Valentina, una astrónoma que investiga el universo (y, por tanto, como ya sabemos, el origen del universo). Es hija de detenidos y desaparecidos: como los militares apartaron a sus padres de ella cuando era muy pequeña, tiene una relación de vacío y ausencia con ellos, de nostalgia de la luz. Sus abuelos la criaron tras haberse visto obligados a revelar a los militares dónde vivían su hijo y su mujer, los padres de Valentina (los amenazaron con llevarse también a la nieta si no lo hacían). La astrónoma explica que estudiar el firmamento le ha permitido soportar el dolor. Su abuelo le enseñó a mirar el cielo de pequeña: “La astronomía me ha ayudado a dar otra dimensión al dolor, a la ausencia, a la pérdida. Cuando uno lo vive de manera íntima -y estos momentos son también necesarios- el dolor se hace muy apremiante. Pienso que todo forma parte de un ciclo que no comenzó ni va a terminar en mí ni en mis padres ni en mis hijos. Somos todos parte de una corriente, de una energía, de una materia que se recicla. Como ocurre con las estrellas; las estrellas tienen que morir para que surjan otras estrellas, para que surjan planetas, para que surja vida”.

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La astrónoma Valentina Rodríguez, hija de desaparecidos, con su hijo.

Nostalgia de la luz es una película extremadamente dura y hermosa. No solo por las imágenes del firmamento (Blaise Pascal: “Me asusta el silencio eterno de estos espacios infinitos”) captadas desde el desierto de Atacama, que le dan una profundidad cósmica. La narración de Guzmán, serena, reflexiva, medita sobre el tiempo y el pasado, sobre su tiempo personal de la infancia, en el que vivía en el presente único e inacabable del instante. La memoria y la nostalgia individuales del director se identifican de este modo con la memoria de su país, con la necesidad de saber de algunos de sus compatriotas. Guzmán les ha hecho un gran servicio; les ha recordado su historia, ha dejado un maravilloso testimonio lírico y filosófico de su indagación. Muchos otros países -Camboya, la antigua Yugoslavia, España- tienen también sus fosas comunes, su nostalgia de la luz.

FICHA

Dirección, guión y narración: Patricio Guzmán
Director de fotografía: Katell Djian
País: Chile, Francia, Alemania
Idioma original: castellano
Duración: 90 minutos
Web: http://nostalgiadelaluz.com/
Tráiler http://nostalgiadelaluz.com/trailer/

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