“KOYAANISQATSI” (1982): Vida en desequilibrio

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Cartel promocional del film.

Koyaanisqatsi significa en la lengua hopi –la de una de las primeras naciones, o pueblos nativos, de los Estados Unidos–, “vida en desequilibrio”. La palabra que da título al film describe perfectamente su contenido: el caos y el desastre medioambiental y humano causado por la tecnología de las modernas sociedades occidentales. Se trata de un film ecologista, según algunos el mejor que se ha rodado jamás. Pero no hay que precipitarse: no es un documental aleccionador, “de tesis”, en el que el director se rasgue las vestiduras ante el lamentable estado del mundo y adoctrine al espectador sobre lo que debe sentir y pensar. Muy al contrario, el interés del film radica en su carácter abierto, en su naturaleza de obra poética.

No hay argumento, ni estructura narrativa, ni ningún personaje o presentador que nos guíe. La única palabra que se pronuncia es, precisamente, Koyaanisqatsi, la cual se va repitiendo una y otra vez en una de las piezas musicales que forman la banda sonora. Todo el resto es música electrónica y tomas largas que contraponen el paisaje del desierto norteamericano (omnipresente en los primeros veinte minutos, y recuperado en los cinco últimos) y el mundo urbano y tecnológico. Las imágenes son bastante elocuentes para dejar clara la posición del director –aflicción por Koyaanisqatsi–, pero la honestidad con que expresa su visión no es intrusiva, se limita a mostrar los diversos paisajes de modo que obliga al espectador a cuestionarse que está viendo, y a tomar una posición. Por eso el filme es una obra de arte, y no propaganda o publicidad. Como declaró el realizador en una entrevista, su película pretende originar una experiencia, no transmitir una idea. Sin duda, este enfoque resulta mucho más efectivo y gratificante que el discurso didáctico característico del típico documental ecologista.

El film busca originar una experiencia, no transmitir una idea.

Godfrey Reggio debutó como director en 1982 con esta película hecha a lo largo de seis años, que se convertiría en la primera parte de una trilogía, llamada  trilogía Qatsi, completada con Powaqqatsi (“vida en transformación”) y Naqoyqatsi (“vida como guerra”). En su tramo final tuvo como productor a Francis Ford Coppola (realizador de la trilogía de El padrino, de Apocalipse Now y otras obras maestras). Se rodeó de un muy buen director de fotografía (Ron Fricke) y del compositor Philip Glass, autor aquí de una música electrónica minimalista, repetitiva, obsesiva, que recorre toda la película con diversos grados de intensidad y se fusiona a la perfección con las imágenes. Pero la clave es la visión de Reggio, que da lugar a una gran película puramente visual y musical, limitándose –y no es poco– a producir un efecto en el espectador, respetando su libertad. Un film reflexivo que obliga a meditar o a dejar de mirarlo. Por su intensa belleza, es muy recomendable verlo en pantalla grande, si se presenta la oportunidad en un festival o en la filmoteca.

La primera parte –unos 30 minutos–está compuesta de serenas imágenes aéreas del mar, del cielo, de nubes, de Monument Valley, el desierto situado entre Utah y Arizona, dentro de la reserva de los navajo, célebre por sus mesas aparecidas en multitud de westerns. Las tomas son tan largas, con el fondo de la lentísima y persistente música de Glass, que el espectador acostumbrado a la acción y a la trama se sentirá muy desconcertado. Las imágenes del aire, el agua y la roca se alargan durante minutos, pausadamente. No hay más remedio que dejar de ver y empezar a mirar, sumirse en las imágenes, en la experiencia fílmica. Al cabo de estos 30 minutos de visiones naturales, irrumpen el hombre y la tecnología. Hay conductos de petróleo, explosiones, minas. El metraje y la música se aceleran.

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Monument Valley.

No hay argumento, ni estructura narrativa, ni ningún personaje o presentador que nos guíe.

Unas imágenes separan el mundo natural y el industrial: grandes y desvencijados bloques de apartamentos son derrumbados con dinamita. Y a continuación pasamos al espacio urbano, con interminables atascos de tráfico en Los Ángeles, multitudes avanzando por avenidas tan atestadas que la gente parece formar colonias de flamencos. Se intercalan  grandes aviones, interiores de fábricas. La parte tecnológica del film culmina en las imágenes en cámara lenta de la explosión de un cohete espacial de la NASA que estalla cuando apenas despegaba, y observamos sus restos cayendo despacio. No es posible dejar de interpretar metafóricamente el fracaso del lanzamiento de este artefacto: representa el orgullo y la caída de la sociedad tecnológica occidental.

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Derribo de edificios.

 

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Avión, coches y motos: el zoológico de la tecnología.

Este final podría llevar a pensar que Koyaanisqtasi es, a fin de cuentas, una película didáctica y aleccionadora, que pretende “educar” al público, como hay tantas en el ámbito del ecologismo. Hay argumentos extracinematográficos para sospechar que se trata de un documental pedagógico: Reggio se preparó durante años para ejercer como sacerdote antes de renunciar a esta primera vocación y asumir la de cineasta, y el coste de la película corrió al principio, antes de que Coppola se convirtiera en su productor, a cargo de una institución docente que ya le había financiado cortometrajes anteriores.

Pero si se interpreta el film como un instrumento didáctico se desvirtúa tanto su naturaleza como su intención, y se lo llena de defectos intolerables. No sería eficaz porque resultaría aburrido y pesado, no sería claro porque carecería de una estructura y un discurso identificables, sería simplista porque no haría más que contraponer, como el blanco y el negro, la naturaleza virgen y el horror del mundo industrial, o bien no se sabría si lo que contrapone al mundo tecnológico es la naturaleza o los nativos norteamericanos (muy mal llamados indios), que los británicos y los europeos emigrados al Nuevo Mundo exterminaron tan salvajemente en el genocidio más prolongado de la historia. Estos factores, sin duda, forman parte de las emociones que Reggio desea despertar en el espectador, pero no constituyen un mensaje cerrado, una lección.

Un film reflexivo que obliga a meditar o a dejar de mirarlo.

Repitámoslo: no es un documental de tesis. No pretende convencer de nada. Es un poema fílmico, que puede llegar a irritar a quien no esté acostumbrado a su lenguaje. Es una de las mejores obras que se han hecho en este género. Si se puede considerar un documental es solo porque hace una referencia inequívoca al mundo real. Con todo, es innegable que plantea un tema, y una valoración: el hombre ha dejado de vivir en el medio natural para pasar a un espacio tecnológico, y aunque no lo sepa, ha salido perdiendo.

 

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Collage de imágenes de Koyaanisqatsi.

 

FICHA

Dirección: Godfrey Reggio
País: Estados Unidos
Idioma original: Hopi
Localizaciones: Estados Unidos
Duración: 87 minutos
Web y tráiler:  http://www.koyaanisqatsi.org/films/koyaanisqatsi.php

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